viernes, 28 de julio de 2017

El estruendo rasante, Nusud, 1994.

El estruendo rasante





Para Mónica,

Allá en nuestra infancia.





El Paraná se extiende tranquilo

por su calma cama llanurada

contra el sol a pique de la siesta.

Allí los sauces reflejándose

al pie de la cabecera quieren

dormir mansamente hamacados.





En mi noche sos

isla

de juncos. Serena

el agua aclara

tu costa en delta

por los ojos de los peces

al cielo duplicada te asomas

sobre el río de estrellas

hasta el fondo de tu alma.





Tus ojos cerrados

navegando mis besos

en el oleaje de los párpados

vuelves a la playa. Entredormida

estirando largos paisajes

un sonido de arena suelta

sopla sobre tu penumbra

y aleja las naves

desveladas del alba.





Tarde lenta de otoño

en el delta quieto

sigues la sombra

horizontal de las ramas

con una íntima tristeza

que recorre el paisaje

y lo va atardeciendo

aquí junto a nosotros.





La noche llega

Siguiendo huellas de tero.

Remonto a solas

las horas amargas del verde mate

monte adentro. Recuerdos filosos

me acuchillan hoja tras hoja.

En el descampo con humo

por la pena que lo tala

mi corazón se cubre de maleza.





Encendió fogatas para ella

Todo el invierno. La noche

en los vidrios colgaba

su espejo de hielo negro.

Por una angostura de témpanos

la encontró y la fue acariciando

estrechado contra tanta desolación

hasta darse en abrigo.

Amaba aquellos ojos,

la ciudad de los glaciares.





Viajabas por la isla

lluviosa tu mirada de ventana

en lejanía. Atravesando

la noche de luces mojadas

el viento con sus motores

te golpeaba el alma.

Ciudades de agua

Calles muriendo al fondo.

Volvías aquella

mañana cargada de tristeza

sobre tu ómnibus a la deriva.





La sudestada golpea el filo de los juncos

Amarrados al río dando vueltas oscuro

nos islamos a costa de nuestra soledad.

Una furia de ramas rodea la casita

Iluminada. En medio del aguacero

esta noche somos un corazón, un fósforo,

resistiendo en la creciente.





La marejada vuelve por nosotros

y se lleva lo que nos resta

con sus ráfagas. En la creciente

abandonamos antiguas pertenencias

rincones inmersos bajo el pasado

haciendo agua. Sin darnos tregua

el sudeste destroza las lámparas.

A oscuras buscamos un cauce, de pie,

perdidos de la tormenta.






A lo ancho la lluvia

quiere cercarnos

con tanta noche.

Ensombrecidos

matorrales de agua estancan

nuestro silencio

y se abandonan a la deriva.

De espaldas nos aliamos

junco por junco en nudo

achicando la angustia.

Río adentro de nosotros

la sudestada nos abarca

amarejados

apenas resistimos sobre una sábana

blanco papel.





El río de nuestro silencio

nos sumerge en su creciente

pasaje de agua muerta.

Sin costa para acercarnos

la noche vuela con sombras

puentes arrastrados

de un viento interior.

Estamos rodeando la llama

pareja bajo el reparo

de nuestras manos. Un poco

del paisaje se consume

en la misma tristeza

y nos deja acantilados






Yo te pienso entrelíneas

horizonte, bandadas de garzas

endebles. Los sauces cayendo

al margen tuyo, por el agua

reclusa. En espejos de furia

hilo redes que se desatan

bajo la noche cazadora

con cuchillos de punta.

Lances de junco filoso

me doblan sobre la hoja

a vuelo vista. Vuelta a ver

tu imagen ya sin amarras

se hunde por la deriva.

No hay más allá de los ojos

ni un atisbo de casa iluminada

donde guarecerte de este paisaje.






Por la lluvia

bosques interminables

recorren los campos

bajo un cielo sin caballos

el viento se vuelve

sombra en la tarde

cuando la muerte

tapa los ojos del agua

oscureciendo mis párpados.






Atardecemos en el cementerio.

Horizonte marcando con cruces

Nuestra honda quietud enlutada.

Los muertos cercanos duermen

pálidos bajo la tierra.

Retumban largos silencios

y quisiéramos con las manos

cavar un pozo para abrazar

sus huesos. Cuesta dejarlos tan solos

lentos regresar subiendo la loma

muriendo a la par un poco

no más.






En el fondo del anochecer

el limonero derrama solcitos

que sonando brisamente a metales

llenan de esplendor la huerta.

Cargado de savia profunda

inclina maternal sus frutos

amamantando penumbras.





Cortando una naranja

al centro por su giro

se dividen los rayos

hemisferios cayendo

como mínimas mitades

de un sol a dos aguas

en el filo horizontal

del cuchillo.






Un vaso de agua

a la noche

suelta su luna

de quieta lluvia

transparente

bajo el cielo

torna a sí mismo

hondo beso

en cristalinos círculos

apagado

al borde del silencio

rueda su corazón

de espejo

sin olas sin espuma

sereno como un ojo

interminable.






La ciudad de nosotros

se hunde en la noche

tren sin ventanas

pasa tu silencio de foto

el blanco y el negro

fijo tu rostro

me trae de muy lejos

aquel paisaje con rieles

aquel horizonte que perdimos

bajo el estruendo rasante.





Solamente un tero

sobre el estilo

del horizonte

estira la ausencia

aterido de noche

avizorando su rumbo

en alas que no retornan

se le vuela la mirada.

Junco al agua el teru teru

casi sin punto de apoyo

a ras del cielo grita

lo perdido






Noche ojos de gato, verdes

Estrellas

fulminantes entre el sauzal

montés de la isla

a gatas

tendiendo cama oscura

el río insomne

maúlla su turbio dolor

corazón de remolinos

enramado en el delta

caza pedazos de sueños

muertos.

Tapa